Crítica de Compostelle: dos mil kilómetros de rabia, culpa y botas llenas de polvo
Hay películas a las que les basta una mochila, un sendero interminable y dos personas que no se soportan. El drama peregrino de Yann Samuell se apoya exactamente en esa receta, y gracias a Alexandra Lamy acaba siendo mucho más que una guía de senderismo bien fotografiada. Compostelle no inventa nada, pero lo que hace, lo hace con el corazón.
Un drama de carretera sereno, conmovedor y a ratos previsible, que llega a la meta gracias al roce entre sus dos protagonistas y a la delicada interpretación de Alexandra Lamy.
Ficha de la película
| Dirección | Yann Samuell |
|---|---|
| Reparto | Alexandra Lamy, Julien Le Berre, Maëlle Vidou |
| Género | Dramas cinematográficos |
| Duración | 113 min |
| País | Películas francesas, Películas belgas |
¿De qué va? Una mujer, un adolescente y una caminata muy larga
El planteamiento es sencillo, y precisamente por eso funciona. Por un lado, una mujer que intenta hacer las paces con sus propios errores; por otro, un adolescente incapaz de controlar su rabia. Los dos han llegado a ese punto en el que la vida que llevaban ya no puede seguir así. La solución no pasa por la terapia, ni por una mudanza, ni por una gran conversación en la mesa de la cocina, sino por sus pies: salen desde Francia para recorrer el Camino de Santiago en su versión de dos mil kilómetros.
Dos mil kilómetros. Merece la pena dejar que la cifra se asiente un momento. No es una excursión de fin de semana, sino semanas de caminar día tras día, con ampollas, albergues dudosos y horas enteras en las que nadie dice nada. Según la película, el Camino se convierte en un espacio compartido para enfrentarse a uno mismo y empezar a sanar, y sus mejores momentos son justo esos minutos callados, cuando dos desconocidos se dan cuenta poco a poco de que cargan con el mismo peso, solo que con otra forma.
No voy a desvelar más detalles a propósito: el mayor placer de esta película está en descubrir, paso a paso, qué empuja a estas dos personas.
Alexandra Lamy, el motor silencioso de la película
Alexandra Lamy hace tiempo que no necesita presentación ante el público francés, y aquí demuestra por qué le confían una y otra vez papeles con tanta carga emocional. No sobreactúa la culpa ni llora cada dos escenas. En ella, el cansancio se nota en los hombros, en los pasos que se ralentizan, en una frase que se queda a medias. Es ese tipo de trabajo actoral que resulta fácil pasar por alto, aunque toda la película descanse sobre él.
A su lado tienen espacio Julien Le Berre y Maëlle Vidou, y la energía de los intérpretes más jóvenes hace un buen contrapunto a la contención de Lamy. El retrato de la rabia adolescente es el punto más delicado: es fácil caer en el cliché de los portazos y los gritos. La película esquiva casi siempre esa trampa, aunque hay una o dos escenas en las que la ira parece más un recurso de guion que una emoción real.
Los momentos más potentes son aquellos en los que las dos generaciones chocan y, de repente, ya no queda nada que decir, solo seguir andando.
Yann Samuell y las emociones a fuego lento
A muchos el nombre de Yann Samuell les sonará por Quiéreme si te atreves, y quien la haya visto recordará que a este director le gustan las emociones grandes, coloridas, casi de cuento. Comparada con aquella, Compostelle es sorprendentemente terrenal, y nunca mejor dicho: la cámara se queda a menudo a la altura de los pies, en el sendero polvoriento, en un paisaje que se pierde en el horizonte.
Aquí Samuell se contiene, y eso le sienta bien a la película casi siempre. No tiene prisa y deja que el paisaje haga parte del trabajo. Aun así, los 113 minutos se notan: en el tramo central hay un momento en el que la monotonía del Camino se le contagia un poco al espectador. Se puede argumentar que es intencionado, porque la peregrinación también es así, pero sentado en una butaca eso es un arma de doble filo.
Lo que sí está muy logrado es que el director no sermonea. El trasfondo espiritual del Camino de Santiago está ahí, pero la película no quiere convertir a nadie. La sanación aquí es un asunto humano, no celestial.
Lo que funciona y lo que tropieza
Resumo brevemente por qué la recomiendo de buena gana y por qué no ha llegado a ser una de mis favoritas.
- Lo que funciona: la dinámica entre los dos protagonistas, que pasa de la hostilidad a algo muy distinto de forma lenta y creíble.
- Lo que funciona: lo visual. Los paisajes franceses y españoles son preciosos, pero no de postal: la película transmite la distancia, el agotamiento, el calor.
- Lo que funciona: la contención. No hay melodrama recargado, y los grandes momentos emocionales parecen merecidos.
- Donde tropieza: las limitaciones del género. Quien haya visto alguna película de viaje intuirá más o menos hacia dónde va el arco emocional de la historia.
- Donde tropieza: el ritmo decae a mitad de metraje, y algunas subtramas parecen más un desvío que una verdadera etapa.
Nada de esto es fatal, pero deja claro que Compostelle se mueve en terreno seguro. No arriesga, así que tampoco se estrella, aunque tampoco te lleva hasta el cielo.
El cine de peregrinos como género: ¿por qué nos sigue enganchando?
Hay algo irresistible en ese cine que coge a sus personajes y, sin más, los pone en marcha. La película de viaje es una de las formas más antiguas del cine, y la peregrinación es su versión más pura: aquí la meta no es solo geográfica. Quien haya visto The Way de Emilio Estevez con Martin Sheen, o a Reese Witherspoon en Alma salvaje, sabe perfectamente de qué hablo.
Compostelle encaja en esa tradición y, como coproducción francobelga, aporta esa sensibilidad europea tan reconocible, menos estridente que una versión de Hollywood. No hay una gran revelación en lo alto de una montaña subrayada por la banda sonora. Hay más bien pequeños momentos: una cena compartida, una frase que por fin se suelta, una mañana en la que alguien espera al otro por primera vez.
Además, no es un drama oscuro ni asfixiante, sino una película que un adolescente y su madre o su padre pueden ver juntos. De hecho, quizá sea la mejor manera de verla.
¿Para quién es?
- Es para ti si: Para quienes disfrutan de los dramas europeos tranquilos y centrados en los personajes, para quienes alguna vez se han planteado hacer el Camino o para quien busque algo con contenido que ver junto a un adolescente.
- Mejor sáltala si: A quienes busquen una trama trepidante, giros o grandes estallidos dramáticos, los 113 minutos se les harán una caminata muy larga.
Si te gusta, mira también: The Way (2010), Alma salvaje (2014), Pequeña Miss Sunshine (2006), Vonatok a semmibe (2014)
Preguntas frecuentes
¿De qué trata Compostelle?
Una mujer que intenta reconciliarse con sus errores y un adolescente incapaz de controlar su rabia emprenden juntos, desde Francia, el Camino de Santiago en su versión de dos mil kilómetros. El trayecto se convierte en un espacio compartido para enfrentarse a sí mismos y sanar.
¿Cuánto dura Compostelle?
La película dura 113 minutos.
¿Quién dirige Compostelle y quiénes son los protagonistas?
La dirige Yann Samuell, y los papeles principales corren a cargo de Alexandra Lamy, Julien Le Berre y Maëlle Vidou.
¿Qué países han producido la película?
Compostelle es una coproducción entre Francia y Bélgica.
¿Merece la pena calzarse las botas y echar a andar con ellos?
Sí, si sabes a qué vas. Compostelle no es una película sobre la que vayas a discutir durante semanas, pero sí de las que te hacen salir del cine en silencio y quizá llamar a alguien a quien deberías haber llamado hace tiempo. La interpretación de Alexandra Lamy y la fuerza del paisaje cargan a la espalda incluso con los tramos más previsibles, y Yann Samuell, con buen criterio, no pretende decir más de lo que la historia puede sostener.
No es perfecta, a veces se cansa, igual que sus personajes. Pero al final llega a su destino, y en una película de peregrinos quizá eso sea lo más importante. Para una tarde lluviosa de otoño, sobre todo en compañía de un adolescente, es una elección de lo más acertada.
